Dallas Buyers Club

Dallas Buyers Club (2013) [Dallas Buyers Club]

¿Eres dueño de tu cuerpo? ¿Eres dueño de tu vida? ¿Eres dueño de tu muerte?

Estas son las preguntas que nos podemos hacer tras ver la excelente (y muy libertaria) Dallas Buyers Club, película por la cual Matthew McConaughey y Jared Leto han recibido sendos Oscars por sus interpretaciones. Matthew, protagonista, interpreta a un chico duro de Dallas, apasionado del rodeo, las chicas y las drogas que vive deprisa en los 80s y que sufre un terremoto en su vida al serle diagnosticado SIDA y, en ese momento, los médicos le dan unos 30 días de vida. Jared interpreta a uno de los más importantes personajes secundarios, Rayon, un travesti rechazado por su familia, también portador del virus y que se dedica a traficar con medicamentos experimentales entre la comunidad gay.

Uso la palabra “traficar” y no “comerciar” porque, precisamente, la película pone de manifiesto la injusticia del sistema en el que vivimos: cuando uno intercambia libremente dinero por productos y servicios que a unos señores en el Gobierno les parecen bien (y pagas impuestos por ellos) se le pone la etiqueta de “legal” a ese intercambio y es “comercio”. Pero si uno intercambia libre y pacíficamente dinero por productos y servicios que a los señores en el Gobierno les parece que son malos para ti (y además no pagas impuestos por ellos), entonces ese intercambio será considerado “tráfico ilegal”.

La película responde claramente las preguntas que al principio me planteaba: es el Gobierno y no tú quien decide lo que haces con tu propio cuerpo, es el Gobierno y no tú quien dice cómo puedes vivir tu vida, y es el Gobierno y no tú quien cada vez más decide cómo y cuándo puedes morir.

Cuando el personaje principal no quiere resignarse a morir en 30 días y prefiere probar un medicamento experimental (AZT) se encuentra con que la Food and Drug Administration (FDA – Administración de Drogas y Alimentos) no ha autorizado su uso. Aunque tenga dinero para pagarlo y esté dispuesto a arriesgarse debido a su situación terminal, no puede serle suministrado legalmente. Su única opción legal en ese momento es meterse en un programa experimental para probar su eficacia, pero claro, no sabrá si le están dando el medicamento o si pertenecerá al grupo de control al cual se le administra tan sólo agua y azúcar para comparar con el efecto placebo. Se pone todo tipo de trabas legales a vender medicamentos que algunas personas quieren comprar, alegando la FDA que es “por su propia seguridad”, pero luego son los primeros en utilizar a las personas como conejillos de indias cuando a ellos les conviene. En este caso la FDA llega a un pacto con el hospital y la farmacéutica que fabrica el medicamento y deciden hacer legal saltarse los protocolos de experimentación con animales y pasar directamente a humanos debido a la alarma social que ha creado el SIDA. Es decir, se mueven por criterios totalmente políticos y económicos, lo del “propio bien” de los usuarios es sólo una excusa, una vil coartada para justificar su poder.

Como con toda prohibición, aparece el mercado negro y Ron Woodroof  (así se llama nuestro protagonista) al principio consigue el AZT a través de un empleado del hospital que consigue viales a hurtadillas. Por suerte para Ron este trapicheo acaba siendo descubierto y le es cortado este suministro de AZT. Fue afortunado porque esta droga experimental resultó ser letal en las dosis que estaba siendo administrada en aquellos años por los médicos. Como nuestro protagonista no se resignaba a simplemente morir sin dar la batalla sigue buscando alternativas y se va a México a consultar a un doctor a quien en EEUU le quitaron su licencia por dedicarse a experimentar tratamientos alternativos con gente desahuciada que estaba de acuerdo con esto. Este doctor le explica que el AZT es venenoso (como luego se descubriría) y le empieza a recetar todo tipo de drogas que en EEUU no estaban aprobadas por la FDA y le empieza a ir bien. Mejora y, si bien no le van a curar el SIDA (aún hoy nada lo hace), sí que le permiten conseguir una mayor calidad de vida (y tiempo de vida). A partir de ese momento se encuentra con dos problemas: necesita dinero con el que sufragar su tratamiento y necesita pasar la frontera con sus cargamentos, ya que está siendo sometido a todo tipo de inspecciones, incautaciones, etc. por parte de las autoridades norteamericanas. Nuevamente el mercado libre es la respuesta a sus plegarias: junto a su nuevo amigo Rayon, el travesti interpretado por Jared Leto, monta un club de compradores de medicinas en Dallas. Sus clientes, todos enfermos de SIDA y la mayoría gays, pagan una cuota por pertenecer a un club y él les facilita los medicamentos. Al principio los consigue en México, pero las autoridades le van cerrando todas sus rutas comerciales (recuerden que ellos lo llaman tráfico) y empieza a ir a Holanda, Japón y otros destinos para conseguir las drogas adecuadas. Ron Woodroof, un electricista de poca monta, homófobo, inculto, alcohólico, drogadicto y putero se va convirtiendo poco a poco en un sofisticado hombre de negocios internacional. Sus clientes están muy satisfechos con las drogas que les proporciona y que les ha permitido extender sus vidas en meses e incluso años y con una calidad y condiciones de vida muy superiores a las que el Estado era capaz de darles. Sin embargo la FDA tiene por objetivo destruir su negocio y no deja de perseguirle por todas las vías hasta desmantelárselo por completo.

La película presenta al Inspector de la FDA como lo que es: el auténtico malo de la película. Un parásito del sistema que no vive de crear riqueza, sino de prohibir y destruir toda la riqueza que otros han creado intercambiando voluntariamente sin dañar a nadie. Otro de los personajes que adopta el rol de “malo” es el primer médico que le atiende. Un médico perfectamente legalizado y autorizado que es leal al sistema y a quien le importa más someterse a los designios del Gobierno que la satisfacción de sus clientes. Sin embargo el médico que sí se preocupa por la salud y satisfacción de sus clientes es un outsider, un desterrado, un paria para el sistema. Hay otra doctora, que al principio forma parte del establishment pero que a medida que avanza la historia se va dando cuenta de lo injusto del sistema y se pone de lado del heróico Club de Compradores de Dallas, siendo por supuesto expulsada y denostada por sus colegas.

La película expresa a las claras que el Estado es una mafia y que las empresas corporativistas son colaboradoras necesarias de este sistema mafioso pensado no para proteger a los consumidores como dicen hacer, sino para mantener una maquinaria de poder desmedido, un sofisticado mecanismo de recaudación, un arma de coacción diseñada para destruir a todo aquel que no pague su cuota a la mafia.

Otro aspecto que me gustaría resaltar de la película es el papel civilizador del mercado libre y el comercio. Ron al principio es un homófobo de tomo y lomo, un paleto de Dallas que se ríe con sus amigotes machotes de los “maricones” y su nueva enfermedad, castigo divino y todas esas cosas. Cuando contrae el SIDA no puede creer que a él, todo un cowboy, le pueda pasar eso y sigue en su actitud chulesca y cortante con gente como Rayon, el travesti que es su compañero de habitación en el hospital. Sin embargo, cuando se da cuenta de que para él poder sobrevivir necesita comerciar  y ganar dinero satisfaciendo a sus clientes y da la casualidad que estos clientes son en su gran mayoría gays, su actitud ante ellos tiene que cambiar. El comercio le obliga a abrir su mente, expandir su inteligencia emocional y acaba ejerciendo sobre él un proceso de maduración y humanización asombroso y muy emotivo. La película es, efectivamente, muy emotiva y humana, rica en sentimientos y muy dura, ya que desafía al espectador a cuestionarse, como dije al principio, si somos dueños de nuestros cuerpos, nuestras vidas y nuestras muertes.

 

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